Jus lo
front port vostra bella semblança
Jordi de Sant Jordi
Sandra
había venido a Perú desde Canadá para alojarse temporalmente conmigo. Un hotel
que había conseguido cerca de la casa de mis padres, era el lugar más cómodo
que conseguí acorde a nuestro ajustado dinero. Ella pagaría el hotel y yo las
comidas. No recuerdo que fecha fue, sólo recuerdo que mentimos a nuestros padres. Yo le había dicho
a los padres de Sandra que ella se quedaría en la casa de mi amiga Daniela, y
yo no había dicho nada a mis padres,
simplemente iba desaparecer.
Sandra
llegó casi de madrugada y nos instalamos en el cómodo hotel con nombre Inca.
Estaba cansada por el viaje, mi padre esa noche llamó muchas veces, contesté y
le dije que me quedaría un tiempo largo con Sandra, simplemente colgó. Sandra y
yo estábamos bien enamorados, nos queríamos casar, queríamos tener un hijo, queríamos
todo. No nos habíamos visto desde hace meses y pasamos casi toda la madrugada
charlando de nuestro futuro. Yo había dejado mi carrera en la universidad y
ella trabajaba en una tienda de ropa en Vancouver, los planes eran claros. Ella
iba sacar su nacionalidad y vendría para
casarnos, juntar algo de dinero e irnos a Canadá a vivir por un periodo.
Las
noches pasaron bruscamente, el dinero se agotaba y el día de su viaje de vuelta estaba llegando. Nuestro afán por tener
un hijo era notorio, pasábamos la mayor parte del tiempo en esa habitación. Y salíamos
para comer y para bailar salsa. Cuando el dinero escaseaba y el pollo a la
brasa ( el preferido de Sandra) no nos provocaba, íbamos a la casa de mi madre,
que gentilmente nos atendía. Sandra se volvió un engranaje principal en mi
vida, todo giraba en torno a ella, había dejado de escribir en la revista donde
escribía, porque el amor me tenía zombi y no podía escribir otra cosa que
cartas a Sandra. Ella estaba feliz, porque yo era un payaso, escritor y
ligeramente culto, y a ella le encantaba eso, además que la adoraba en todo el
sentido de la adoración. Sandra y yo fuimos
muy felices esos veinte días que duró nuestro encuentro.
Había
pasado por mi mente pedirle a Sandra que se quede para siempre, que no regrese a Canadá, que abandone a su
familia y que se quede conmigo, que hagamos una familia y que tengamos a la tan
ansiada Brianna, nombre que ella inteligentemente eligió para la hija que queríamos
tener. No le pedí que se quedara, porque sería demasiado canalla, pedirle que
abandone por completo su familia, y no se lo dije.
Fue
un día bastante triste y frio, en la cual Sandra se fue. El taxista que nos
estaba llevando al aeropuerto fue un inoportuno total, no dejaba de hablar y nos preguntaba a dónde íbamos.
Le contesté que éramos dos estudiantes y nos íbamos hacia Vancouver, el señor
empezó a contar su historia como Chef, mientras Sandra no dejaba de llorar en
mis brazos. Una vez en el aeropuerto Jorge Chávez, la vi como tramitaba todo para que se vaya,
estaba muy triste, ambos estábamos tristes. Su vuelo era a las 5 de la mañana y
eran las 10 de la noche. Teníamos que pasar todo ese día en el aeropuerto.
Comimos algo y luego nos dedicamos a prometernos cosas; que ella regresaría,
que yo no sería infiel, y otras promesas de amor. Dormí en las piernas de
Sandra en una banca del aeropuerto. Ella estaba acariciándome la cabeza,
llorando, yo me hacía el dormido. No quería que se vaya.
Sandra
se iba lentamente por el pasillo con lágrimas en los ojos, mientras yo la veía
con la leve esperanza de que se arrepintiera y regresara. Me quedé una hora
esperando a que volviera, que dejara el avión, pero ella jamás regresó. Eran
las siete de la mañana y yo me iba lento, agotando la última esperanza tuerta.
Las
cosas cambiaron cuando Sandra se fue, mi familia se había enterado que dejé la
universidad, extrañaba a Sandra y necesitaba dinero. Me puse a escribir en una
revista que dirigía un famoso periodista peruano, y ese era mi sustento de
vida, mientras trataba de conseguir por otros negocios más dinero. Sandra y yo
hablábamos constantemente cuando se podía. Sandra no conseguía trabajo y se
ahogaba en deudas, me pidió dinero, me dijo que ella había aportado más en el
tiempo que estuvo acá. Yo no tenía dinero, no sabía de donde conseguir, le pedí
al famoso periodista que me prestara el dinero y que con mi sueldo miserable de
escritor mediocre, pagaría. El periodista me lo prestó, estaba dispuesto a
pagarle a Sandra, guardé el dinero. Nuestro relación iba mal, Sandra enloqueció
por las deudas, y yo agarraba un poco del dinero prestado para vivir más
decentemente. Sandra optó por terminar la relación por un besuqueo que tuve con
una amiga que había venido de Boston, que no fue nada, sólo un baile y un pico.
A pesar, de las explicaciones Sandra no me quiso creer y dio por terminada la
relación. Me pidió que le pagara.
Cobardemente
no quise todavía pagarle, el dinero estaba ahí, Sandra se enteró de algunas
mentiras mías que sólo elevaban más mi egocentrismo. Y decidió salir con un
chico americano que estaba de visita en Vancouver y respondía al nombre de
James. Cuando me enteré no quise creerlo y la llamé, grave error. Sandra me
confesó que se había besado con James en más de una oportunidad y que sus
padres estaban muy contentos de ese nuevo galán. También me dijo que le pagara,
que yo tenía una deuda con ella.
La
madre y el padre de Sandra me escribieron un mail, diciéndome que le pagara,
les respondí con el hígado y dije que no le pagaría que no tenía el dinero.
Falso, el dinero lo tenía en una cuenta de ahorros, pero por la cólera aún no
quería pagarle a Sandra. Esta respuesta originó que Sandra y toda su familia respondieran
con insultos, llamándome maricón, cabro y rosquete, adjetivos que jamás me
molestaron, pero que me dolió que Sandra me lo diga. Llamaron a mi padre para que
él pagase mis deudas, mi padre estaba molesto porque yo había abandonado la
carrera y no nos veíamos casi nunca, así que no quiso pagar nada.
Le
prometí a Sandra que le pagaría, nuestras conversaciones eran bastante frías,
ella casi no estaba, porque siempre me decía que estaba saliendo con un chico y
no tenía tiempo de nada, ni mucho menos hablar conmigo. Me fui a la sierra de
peregrinación, para ver si sucedía un pequeño milagro y Sandra abriera los
ojos. En ese pueblo no había comunicaciones y jamás pude hablar con Sandra. Al
llegar a Lima en cuatro días, Sandra había cambiado, publicó fotos de ella con
un chico en un auto. Yo enloquecí y le dije que era una mala mujer, una casquivana cualquiera. Eso hirió demasiado a
Sandra y me dijo que yo era un cabrón. Qué le pague y que jamás volvería
conmigo, que estaba muy feliz.
Luego
de eso, Sandra cambió y se dedicó a insultarme por mails, a hacerse amiga de mis
amigos y que actualmente no lo son más. Sandra se volvió mi enemiga, se separó
de James y se metió con otro americano que tiene mucho acné y responde al
nombre de Peter. Comprendí por fin que Sandra se había olvidado de mí, pero no
de la deuda. El dinero se me acabó en putas, casino y en el hotel donde estuve
hospedado por unos días. Lo gasté porque sentí que Sandra me había engañado,
había jugado con mis sentimientos, que jamás me amó y que ahora jugaba
cariñosamente con Peter, un gringo alto con problemas de acné, al que juraba
amor eterno. Por mi lado, yo jugaba con una Chilena cariñosa que era hippie y
fumábamos marihuana en el hotel Thunderbird de Miraflores, que me lo pagaba el
generoso periodista y amigo mío, que ya no es mi amigo.
Sandra
y yo perdimos comunicación y lo último que intercambiamos fueron mails que
ella me envío con su cuenta bancaria para que le pagase el dinero que yo le debía
y que prometí pagar y que hasta ahora no pago. Sandra está muy feliz con Peter,
han viajado a Acapulco y planean tener una bebé que se llamará Brianna, en cuanto se
solucione el problema de fertilidad que se le diagnosticó a ella. Yo estoy
soltero y con leves amoríos con algunas chicas, a raíz de la separación con
Sandra estoy escribiendo en algunas revistas, retomé una carrera universitaria
y tengo una relación normal con mis padres.
Sandra
planea casarse con Peter y no quiere saber nada sobre Joaquín, o sea yo,
tampoco planea volver a la ciudad gris que es Lima. Mientras yo planeo un
viaje, no sé a dónde, por supuesto, solo.